Anotamos variantes del mismo nombre según edad, oficio y temporada, porque un arroyo puede cambiar de apellido con la lluvia. Georreferenciamos altares rotos, piedras hincadas y corrales, fotografiando texturas que luego dialogan con relatos, hasta que la capa digital respire la cadencia de la caminata.
Convocamos a mayores y niñas a dibujar en papel manteca sobre planos base, corrigiendo ríos que el catastro olvida y sentando historias junto al calor. Entre risas y silencios aparecen topónimos perdidos, tabúes útiles y acuerdos sobre lo que conviene publicar, compartir o resguardar para la comunidad.
Revisamos pleitos coloniales, padrones y mapas templarios, buscando coincidencias que anclen los relatos. Cuando un “Puerto de las Almas” figura en una merced de tierras y en la memoria popular, sabemos que su cartografía sostiene prácticas antiguas; entonces registramos fuentes, fotografiamos sellos y datamos pergaminos con extremo cuidado.
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